14.5.08
Contraportada
"...de una vez por todas y en paz y basta".
FIN
Sí, había que poner un final coincidente con el cierre de la última página de este proyecto, blog-ciudad, libro, exposición o terapia personal largamente dilatada. Hay que ponerle un nombre, decía Juan a Hélène en 62 Modelo para armar; pero hay que desconfiar también de las palabras, tal y como recuerda el mural de la Place Frehel.
Palabras... Que sean al menos las del propio Julio Cortázar, en una entrevista radiofónica realizada por Adelaida Blázquez en el programa Esbozos, hace más de veinticinco años:
Uno de los principales exégetas de Rayuela, Carlos Fuentes, dice que este libro agota todas las formulaciones posibles de un libro imposible, y por otra parte alude a la sustitución en el mismo de la famosa frase de Beufon: “El hombre es un animal que sabe que va a morir”, por la de “el hombre no es, pero quiere ser, siendo este querer ser, la verdadera meta de su búsqueda". Lo gracioso a este propósito es la frase sibilina que el autor de Rayuela pone en boca de uno de sus protagonistas: “París es el modelo original del ser”.
JC: Es posible que yo lo haya escrito, pero... como he pasado ya, los 60 años de edad, empiezo a tener fallas de memoria, y la verdad es que no recuerdo en absoluto haber escrito eso. Mi relación con París, bueno, está mal auto-citarse, pero yo debería remitir a quienes oyen esto a un libro como Rayuela y a muchos cuentos. Es decir, es un contacto de raíz profundamente mágica, de raíz poética, que hizo que yo viera en París una ciudad de elección, una ciudad en la que sin renunciar a la ciudad de toda mi vida anterior que es Buenos Aires, y que es una ciudad igualmente mágica, me dio, sin embargo, una especie de reverso de la medalla, me dio todo un mundo que no es concebible en la Argentina y en Buenos Aires. Mi conexión con París fue, y eso se nota también en mucho de lo que he escrito, por un lado una vinculación poética y por el otro, una vinculación metafísica, y en ese sentido sí, hay un cierto descubrimiento de esencias que yo hice aquí y que no había hecho en ningún otro lado. Finalmente mi relación con París, yo creo que ha sido siempre una relación erótica... Yo creo que París es la mujer de mi vida.
No es de extrañar pues que los aficionados a los tópicos se empecinen en encontrar en la obra de Cortázar, como en la de cualquier artista hispánico de su generación que ha pasado por París, influencias del surrealismo.
JC: Yo he tenido una relación especial con el surrealismo, porque tengo la impresión, desde luego mis críticos saben esto mejor que yo, porque yo no tengo sentido crítico, ni con respecto a mí mismo, ni con respecto a los demás; no, no me ha sido dado, pero en fin, de todas maneras tengo suficiente conciencia de lo que he hecho, de lo que he tratado de hacer, para poder decir que no creo que haya habido en mí una influencia directa, literaria, del surrealismo. Lo que hubo, cuando yo conocí el surrealismo en Buenos Aires, en los años 40, cuando leí [a todos los surrealistas franceses que llegaban a la Argentina en ese momento], fue el descubrimiento de una serie de rupturas que me parecieron extraordinarias. Es decir, que lo que vi en el surrealismo fue esa tentativa de demolición de una serie de cáscaras, de una serie de sepulcros blanqueados, de una serie de estructuras ya podridas, que se venían abajo y que la literatura oficial seguía manteniendo.
Más que el surrealismo parece dominar en Julio Cortázar una dimensión que uno casi vacila en llamar fantástica porque la palabra da lugar a equívocos. Una buena definición de este término ha sido propuesta sin embargo por el escritor checoslovaco Milán Kundera: “lo fantástico consiste en dar a la realidad una dimensión onírica para que la realidad se vuelva más real aún”. No se trata pues de oponer realidad-irrealidad, sino de derrumbar la frontera entre ambas.
JC: Es muy hermosa la frase de Milán Kundera que yo no conocía. Lo que yo te diría es que... tengo cierta prevención con respecto a la noción de frontera, porque cada vez que alguien habla conmigo, o los críticos se ocupan del problema entre lo fantástico y lo real, se tiende a trazar una frontera, de un lado está la realidad, de otro lado lo fantástico. Yo empezaría por sugerir que la noción de frontera en sí misma es sumamente artificial... es como la noción del círculo polar ártico o del Ecuador. Cuando cruzas en un barco del atlántico y viene el capitán y dice en este momento estamos cruzando la línea del Ecuador, y todos los niños se inclinan sobre la borda a ver si la ven la línea, porque quieren verla y naturalmente no está [...] Lo fantástico es algo que sucede aquí, en este momento, para mí por lo menos es algo que sucede en la realidad. Yo creo que todos mis cuentos fantásticos suceden en la realidad más cotidiana y más pedestre y más simple y luego bruscamente hay como una vuelta de tuerca, una puerta que se abre y cuando tú creías que ibas a salir hacia un pasillo que va hacia delante, pues hay una bifurcación y entras en otra dimensión, pero al final vuelves a la realidad, no te quedas en la excepción. En ese sentido, yo creo que lo fantástico enriquece la realidad, pero que sin la realidad, y esto es importante, SIN LA REALIDAD lo fantástico se disuelve y no tiene ningún sentido. Es preciso que estemos instalados en la realidad para que lo fantástico tenga valor y tenga belleza. [Siempre he detestado la literatura que es puramente fantástica...] A mí me suceden cosas fantásticas todo el tiempo, pero sigo estando vivo, sigo estando en la realidad.
Está bien... París como pasión, lo surreal como corte transgresor, el cuestionamiento de la frontera entre realidad y fantasía... pero luego está una vez más lo difícilmente verbalizable, el recurrente billete de Metro olvidado en un bolsillo, el músico callejero que canta a tu paso Don't think twice, it's allright justo en el momento en que la soledad, la depresión y la duda hacen presa en tu ánimo, la inmensa sorpresa al ver lo que había debajo de la ventana de la Fundación Henri Cartier-Bresson, el fantasmagórico recorrido por la rue de la Huchette y la bajada a la estación de Saint Michel una noche de Enero tras ver en el Studio Galande Blade Runner (la ciudad...), las páginas de tantos relatos -tan desconocidos como reconocidos- leídos en un sillón de cuero de un apartamento de la rue Vaneau, el descubrimiento -tiempo después- de lo que suponía esa misma calle en Rayuela, encontrar una alegoría de La Maga, Rocamadour y Horacio nada menos que en la rue Mouffettard (sí Henri, hay instantes que...), aquel hombre solitario en el Pont des Arts, la tienda que vendía yerba mate frente al corazón de tiza de la rue Cloche Perce, los maniquíes que te siguen con la mirada en el rastro de las Pulgas de Clignancourt, un portal con figuras de basiliscos que debería estar en Viena pero está en la Isla Saint Louis, las sombras que cruzan los puentes del Canal Saint Martin... o la osita adolescente que se desperezaba al sol tumbada sobre una lápida -en la que estaban escritos los nombres de Carol Dunlop y Julio Cortázar- mientras le contaba a su amiga cómo y por qué quería tanto a Julio; ésa fue la foto que no hice, que no quise hacer, porque deseaba que aquel lugar se llamara Kindberg y no Cementerio de Montparnasse...
No, no hay final más allá de las palabras. Pero tampoco hay vías de escape. Las puertas y los pasajes se suceden en el contínuo de la ciudad. Y el siguiente paso - al menos para mí- será comenzar de nuevo desde la Portada >
París es un centro, entendés, un mandala que hay que recorrer sin dialéctica, un laberinto donde las fórmulas pragmáticas no sirven más que para perderse. Entonces un cogito que sea como respirar París, entrar en él dejandolo entrar, neuma y no logos. (...)
París danzaba afuera esperándonos, apenas habíamos desembarcado, apenas vivíamos, todo estaba ahí sin nombre y sin historia...
Rayuela, cap. 93
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